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RETOS DESDE LA CRUZ

GÁLATAS – LA EPÍSTOLA DE LA CRUZ Y EL ESPÍRITU SANTO  (3)

Pablo defiende su evangelio contra los judaizantes

Gálatas 1: 11- 2:10

Dr. G. Ernesto Johnson

Instituto Bíbico Río Grande

Introducción

Pablo hace frente directamente al peligro de los gálatas, el de sus propios hijos en la fe. Con amor pero con franqueza, los desafía por declarar su gran peligro que les acarrea el posible abandono del evangelio de la gracia de Dios. Están a punto de ser anatema ante Dios por aceptar sin reflexionar sobre los argumentos sutiles de los judaizantes que efectivamente niegan la suficiencia de la gracia de Jesús. Los judaizantes pueden admitir la obra de Cristo, pero quieren agregar algo más que hacer que resulte en una "espiritualidad" superior. Tal es el espíritu del legalista.  "Soy mejor que tú porque guardo estas reglas o ritos." Pero Pablo afirma que tal paso dado negaría a Cristo y rendiría inútil y en vano toda la obra de la Cruz. No es posible agregar nada a lo ya perfecto. Basta Cristo o no basta.  No hay tercera vía. 

Pablo defiende su apostolado y su evangelio

Los judaizantes buscaban la manera de desacreditar a Pablo y su apostolado. Para separar a los gálatas de su padre en la fe tuvieron que cuestionar sus credenciales. Le costó a Pablo hablar de sí mismo, pero tenía que establecer su procedimiento desde su conversión. Los judaizantes siempre habían seguido a Pablo en sus viajes misioneros atacando su abandono de la ley y, según ellos, su traición de su herencia judía. Tergiversaban su ministerio para establecer sus propios fines de elevar el guardar de la ley y por ende invalidar la gracia hallada sólo en Cristo.

El primer argumento de Pablo – su propio trasfondo en el judaísmo  Gál. 1:11-14

Antes lejos de no desconocer a la ley, Pablo superaba a todos en su celo, su compromiso por establecer la ley de los padres.  Sólo una intervención divina y dramática pudiera haberle cambiado el rumbo. Lucas nos recuerda: "Y Saulo consentía en su muerte (Felipe, el primer mártir) . . . y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel" ( Hechos 8:1,3). "Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor vino al sumo sacerdotes, y pidió cartas . . . a fin de que los trajese presos a Jerusalén" (9:1) No habría la manera de explicar su vuelta absoluta de ser perseguidor a ser defensor de la gracia de Cristo. Él podía decir con plena confianza: "yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno sino por revelación de Jesucristo" (1:12). La transformación de Saulo, el perseguidor de la fe al predicador de la fe, no admite otra explicación.  No tuvo tiempo ni voluntad de estudiar y asimilar este mensaje. La gracia de Dios obró de tal manera en él.

El segundo argumento – el llamado sobrenatural y la historia de su pasado  Gál. 1:15-24

A Saulo no le resultó otra opción porque le agradó a Dios desde el vientre de su madre revelar a Jesús en él. Cualquier creyente del Antiguo Testamento pudiera aceptar semejante hecho. Considérese el nacimiento de Isaac, de Jacob, de Samuel, de Juan el Bautista. Dios así los escogía a los llamados. Tal intervención divina fue con el fin de revelar a Jesús y que lo predicara como "luz a los gentiles." A continuación inmediata ni consultó con hombres por grandes que fuesen.  Pudieran revisar su itinerario después de su conversión: después de pocos días salió de Damasco, fue a Jerusalén, pero no lo quisieron aceptar por su previa mala fama. Sólo por la intervención de Bernabé pudiera conocerlos Saulo. Luego fue a Arabia y volvió a Damasco; tres años después finalmente fe a Jerusalén para ver a Pedro y de paso a Jacobo, pero se quedó sólo quince días. Finalmente fue a las regiones de Siria, su patria, y los hermanos sólo sabían de él por nombre, pero "glorificaban a Dios en mí."

Tercer argumento – el Concilio de Jerusalén   Gál 2: 1-5; Hechos 15:1-35

Pablo ahora recuenta una visita formal convocada por los líderes de la iglesia madre en  Jerusalén. El problema era precisamente el problema que angustiaba a Pablo y a sus lectores. Detalladamente Pablo dice que fueron catorce años desde de su última visita corta a Jerusalén. J. B. Lightfoot calcula que la  conversión de Saulo de Tarso fue en 36 a de C, su primer visita a Jerusalén en 38 y el Concilio de Jerusalén fue en 51 (p. 102). Todo esto de las fechas y eventos  fue para confirmar ni tiempo tenía ni deseaba tampoco adquirir de otros el mensaje de la gracia de Dios. Todo apuntaba hacia una revelación que prestaría autoridad y autenticidad en comparación con las alegaciones de los judaizantes que su mensaje era inferior.

Se convocó esta augusta audiencia con el fin de resolver una vez para siempre el problema que perturbaba la iglesia en su avance al mundo gentil;  Pablo estaba al frente de este movimiento.  El problema por tratar era crucial: ¿tenía que hacerse judío el gentil que confía en Cristo? ¿Era obligatorio que el creyente gentil observara como los judíos los ritos y ceremonias permitidas en esa primera generación de creyentes? ¿La circuncisión, la señal del judío, se debía requerir al gentil?  Es cierto que había judíos creyentes débiles en la fe y además  hubo hermanos falsos (Gál. 2:4) que apoyaban tales restricciones. Para Pablo y Bernabé  la pura gracia del evangelio de Dios estaba envuelta en gran peligro y muy en juego.

Pablo con mucho coraje y delicada sabiduría iba con Bernabé y con Tito, un gentil como toque de piedra. Por revelación de Dios ( 2:2) iba Pablo para presentar primero ante los de "cierta reputación" el fruto de su ministerio entre los gentiles. Sabiamente quería tener la audiencia primero entre los supuestos dirigentes y no ante los de doble ánimo. Tito fue recibido bien como hermano gentil en Cristo sin tener que ser circuncidado. Se complicaba la cosa por los falsos hermanos que habían infiltrado entre los hermanos judíos para espiar la libertad que en Cristo tenían los creyentes.  Frente a tales falsos "ni por un momento accedimos a someternos para que la verdad del evangelio permaneciese con vosotros." (2:5).

Cuarto argumento – el resultado del Concilio de Jerusalén  Gál. 2:6-10

Pablo sin faltar respeto alguno a los dirigentes dijo: "Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me importa: Dios no hace acepción de personas) a mí, pues, los de reputación nada nuevo me comunicaron" (2:6) Triunfó, pues, el mensaje de la gracia. Hubo la sugerencia que ayudasen a los pobres lo cual Pablo siempre había hecho (10). Otra victoria muy importante fue que el Concilio reconoció oficialmente los dos ministerios de los apóstoles de mayor renombre: Pedro el apóstol a los  judíos y Pablo confirmado y apoyado como el de los gentiles.  Todo esto era un paso gigantesco tomado para la libertad en Cristo, nada requerido de la ley sino sólo la pura gracia y fe en Cristo.  Además Jacobo (medio hermano de Jesús), cabeza de la iglesia en Jerusalén, Cefas (Pedro) y Juan le dieron  "la diestra en señal de compañerismo, para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión" (2:9).

¿Qué quiere decir esto para los Gálatas?

Quizá nos parece todo esto un detalle somero de la historia ya pasada.  Pero no lo habría sido. En el momento crítico del desarrollo de la expansión del evangelio, las consecuencias habrían sido más allá de nuestra comprensión presente. Si hubiera resultado de otra manera, Cristo habría muerto en vano. No pudiera haber habido mayor catástrofe que habría rendido nula la muerte expiatoria de Jesús. En el pasaje que sigue, el cual trataremos en el próximo estudio, Pablo dice al final: "No desecho la gracia de Dios; pues por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió en vano Cristo" (Gal. 2:21). ¿Pudiera haber habido más desastrosa consecuencia? De ninguna manera. Guardar la ley habría puesto la base de las obras religiosas, las tradiciones, los ritos litúrgicos, las obras buenas como medios humanos para la salvación. 

¿Qué quiere decir esto para nosotros hoy?

En la naturaleza humana hay la necesidad de aportar algo para que uno se sienta bien. Si logro algo, tengo valor; el constante deseo de dar, de hacer, se ve en tanta actividad religiosa. Tras tal actividad es la confianza en sí que sí se puede. El testigo de Jehová tiene que visitar de casa en casa con la esperanza de alguna recompensa futura. Asistir a la misa trae algún mérito futuro. Difícil es aceptar la premisa bíblica que no podemos nada. La Cruz de Cristo nos elimina en términos de nuestra aportación. Sólo recibimos con la mano vacía, dando gracias por el favor de la gracia de Dios en Jesús. Cristo dijo: "Sin mí nada podéis hacer" (Juan 15:5).  El orgullo humano en el incrédulo o en el creyente es tal que quiere tener valor en alguna forma.  Para el incrédulo la salvación en Cristo es demasiado simple. Le quita su valor. Para el creyente siempre hace algo para aumentar su «orgullo espiritual.»  Tal es la plaga del legalismo siempre presente.

 

Cristo da el caso definitivo de tal auto confianza en sí en Lucas 18: 9; "A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros . . . Dos hombres subieron al templo a orar: un fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: 'Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, no aun como este publicano.'" Ni le interesaba a Dios oír la lista de sus dizques buenas obras. Pero al contrario el publicano con una simple oración logró la justificación porque del corazón dijo: 'Dios, sé propicio a mí pecador.'" Cuando Cristo es todo y yo nada, allí está el perdón y la bendición de Dios; tal es el mensaje de la cruz: "Ya no vivo yo, mas Cristo vive en mí" (Gal. 2:20).

Ahora en forma mucho más sutil puede haber en práctica hoy que Cristo nos salva, pero, un gran «pero», hay algo más que debemos adquirir: una nueva experiencia, un don especial, una sanidad, una profecía, una novedad por descubrir.  Claro algunas de estas experiencias Dios nos puede dar, pero nunca sería aparte de la obra de Cristo en la cruz; no sería para nuestro orgullo espiritual, ni para nuestro interés. Dios no es quien sólo nos  da prosperidad según el capricho nuestro. Cuánto más andamos con Dios tanto más profundizamos las riquezas de Cristo, pero eso siempre es para la gloria de él y la humillación nuestra ante su presencia.

En los coros del cielo tendremos sólo un cántico. "Y cantaban un nuevo cántico, diciendo; Dignos eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra . . .  decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría. la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza . . . Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos  de los siglos" (Apoc. 5:9, 10, 12, 13).

Verdades poderosas por aprender

1.                  Pablo establece más allá de duda que su evangelio procedía de Dios y de ninguna manera pudiera él haberlo recibido de otro, ni haberlo aprendido de otro de mayor categoría.

2.                  La esencia del evangelio en Cristo es que todo gira alrededor de Dios y su iniciativa, lo que hizo de una vez para siempre en la cruz a través de su Hijo.

3.                  El legalismo en toda forma en que se nos presente es un rotundo rechazo de la gracia de Dios. Sustituye en alguna forma la actividad humana por la de Cristo.

4.                  Para el creyente hoy en día el legalismo es una sutil tentación porque sustituimos los méritos de nuestro servicio, nuestra fidelidad, nuestro andar conforme a la carne en forma tal que Dios no lo puede aceptar."Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios" (Rom. 8:8). Este verso viene en el capítulo dirigido al creyente.  ¡Qué aplicación para hoy.!

Dr. G. Ernesto Johnson

Instituto Bíblico Río Grande

Edinburg, TX  78539

Agosto 30, 2008