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RETOS DESDE LA CRUZ

GÁLATAS – LA EPÍSTOLA DE LA CRUZ Y EL ESPÍRITU SANTO  (7)

La verdadera relación de la promesa/fe frente a la ley mosaica

Gálatas 3: 15-29

Dr. G. Ernesto Johnson

Río Grande Bible Institute

Introducción

No es tan fácil de leer y comprender la doctrina. Preferimos la ilustración o el entretenimiento, pero vale la pena perseverar, porque a largo plazo sólo la verdad sólida de la gracia de Dios resulta en la transformación de vida que es la promesa de Cristo. Es común despreciar la doctrina, pero sólo así se crece a la imagen de Cristo.

En esta segunda sección doctrinal de Gálatas 3-4. Pablo sigue el tema de la gracia del evangelio frente a la enseñanza peligrosa de los judaizantes --un énfasis erróneo en guardar aspectos de la ley.  Esta mezcla constituye una verdadera amenaza a la obra consumada de Cristo. Pablo ha establecido más allá de duda que la ley sólo condena y maldice al pecador:"todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas" (3:10). La ley no puede más que condenar al infeliz pecador. Además  Cristo nos redimió de la maldición de la ley . . . para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu" (13,14). Pero todavía queda la pregunta: ¿Cuál es la verdadera función de la ley?  ¿Sirve algún propósito ante Dios? Pablo se dirige a este tema para apoyar el papel distintivo de la ley, pero sólo según el expresado propósito de Dios al enviarla.

Pablo analiza los límites de la ley de Moisés frente a la promesa a Abraham  3: 15-18

"Hermanos, hablo en términos humanos . . . (3:15)." Con una nota de cariño para mantener la atención de sus hijos en la fe, les hace una proposición muy lógica. Un pacto al ser ratificado es inviolable. No se agrega ni si quita nada. Este punto es muy importante --sigue el argumento "a fortiori", es decir, una verdad a la fuerza.  Si así es en el pacto/arreglo humano, cuanto más en la intervención de Dios en gracia a favor de Abraham. En cierto sentido un pacto humano es un arreglo humano con dos entidades más o menos iguales.

Pero Dios le hizo una promesa --algo muy diferente de un pacto ; la gracia dependía exclusivamente, no de Abraham sino de Dios en su propia persona inmutable. Para establecer su argumento Pablo se vale de la inspiración bíblica plenaria y verbal hasta que  valía una palabra singular: no, a las simientes sino como se valía de una simiente. Luego Pablo interpreta correctamente el enfoque espiritual de la promesa, en Cristo, en la simiente mesiánica a final de cuentas, no tan sólo en la tierra y el pueblo sino en el Mesías mismo en quien todas las naciones serían bendecidas (3:16)

De manera muy razonable la aplicación es que la promesa dada tempranamente a Abraham tiene estricta prioridad sobre la ley. Dios ha hecho la promesa y Hebreos dice: "por dos cosas inmutables . . . no puede mentir" (Heb. 6:18). De tal modo la promesa  se mantiene en pie y en plena vigencia. La ley que vino más tarde bajo diferentes circunstancias y dada a diferentes personas con diferente fin no puede de ninguna manera abrogar ni invalidar la promesa.  Así Pablo mantiene la superioridad de la gracia de Dios y el oír con fe ante el concepto erróneo de los judaizantes..

La promesa es de otro parámetro, de otra índole, es decir, es por la pura gracia de Dios. Por un solo argumento incontrovertible Pablo pone la promesa a Abraham en otra categoría muy superior a la ley. Pablo saca la conclusión inevitable, la consecuencia lógica y doctrinal: "Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa" (3:18).  No puede haber otra conclusión posible. La ley y la gracia son incompatibles con respecto a la salvación.

La ley sí sirve, pero sólo para condenarnos y prepararnos por el oír con fe  Gál 3: 19-21

Bishop John Lightfoot analiza bien la superioridad de la promesa o la inferioridad de la ley bajo cuatro puntos: 1.) la ley condena, no da vida;  2.) la ley fue temporaria; cuando la simiente vino, se anuló; 3) la ley no vino directamente de Dios al hombre sino a través de dos mediadores, ángeles y Moisés; 4.) la ley dependía de la obediencia de los contratantes[1]. Al contrario la promesa dependía sólo de Dios mismo sin entrar para nada el elemento humano. Por el decreto soberano de Dios se estableció la eterna validez de la promesa.

Pero el autor inspirado reconoce la validez de la pregunta: "¿para que sirve la ley?" (3:19).  Su respuesta responde de golpe a la pregunta, porque nadie dudaba de que la ley era la personificación de la santidad y la justicia de Dios. La ley nos revela quien es Dios y por ende quienes somos nosotros por el muy agudo contraste. La respuesta es sucinta: "Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente (Cristo) a quien fue hecha la promesa; y ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador" (3:19). De hecho el pecado (la naturaleza del mal) en forma de los pecados (los delitos mismos) se oponía a las demandas estrictas de la santidad de Dios.  El pecado de esta manera se definía, se veía, se juzgaba de tal manera que la situación del ser humano no pudiera tener la más mínima esperanza de ganar su propia salvación. La ley logró condenar por excelencia al pecador sin Cristo (Rom. 3:20, 23).

Este pacto mosaico era condicional desde el principio.  Dios exigía la obediencia en todo momento, pero el ser humano no pudo ni quiso responder así. "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas" (3:10). "Y la ley no es de fe, sino que dice: el que hiciere estas cosas vivirá por ellas" (3:12). La ley era inferior porque un contratante se rebeló y así quedó abrogada la ley al llegar la simiente, Cristo (3:19).  Otro factor limitante era que les llegó la ley  por medio de dos mediadores, ángeles (Deut. 33: 2; Hechos 7:53) y Moisés (Ex. 20:19; Deut. 5:2). El otro contratante era Dios mismo, el único fiel, constante e inmutable.

Otra cuestión queda por contestar. Pablo no quería socavar o despreciar la validez de la ley en sí.  La ley era indispensable para la obra salvadora final, pero no como el agente de la salvación sino que la ley desempeñaría un papel preparatorio y muy necesario "¿Luego la ley es contaría a las promesas de Dios?" (3:21). De ninguna manera no eran contrarias porque procedían de Dios mismo;  así la promesa y la ley no eran principios hostiles ni contradictorios. Más bien en orden cronológico se servían el mismo fin, el de preparar al pecador para la venida de la fe.

En general la palabra «fe» tiene varios usos en las Escrituras. Aquí se da la preferencia a Cristo, menos que al evangelio; aquí no se puede referir a la fe subjetiva y personal. El contexto nos guía a la interpretación más adecuada.  Este hecho subraya lo temporaria de la ley, socavando los argumentos de los judaizantes que querían imponer de nuevo la ley en los gálatas. Lejos de quedar vigente la ley, quedó caduca y abrogada (véanse Hebreos 8:13: 9:10). Éste es el argumento decisivo para establecer la introducción de la promesa de fe.

Según la Escritura, es decir, el Antiguo Testamento, la ley logró el propósito divino de encerrarlo todo bajo la condena del pecado (3:22).  Pablo usa el neutro «lo» para hacer lo más inclusiva posible la referencia al mal de ser humano. Pablo resume todo el argumento de Romanos 9-11 usando el mismísimo verbo[2]: "Porque Dios se sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos" (Rom.11:32). La ley sí bien sirve el propósito de Dios cuando y sólo se usa según el plan perfecto de Dios para hacer resaltar el mal y quitarle al ser humano toda esperanza de lograr su propia salvación.

Pablo usa la ilustración de uno de menor edad bajo restricciones fuertes  Gál. 3: 22-25

Es muy interesante como Pablo ilustra el papel de la ley  para con los israelitas frente a la amenaza de los judaizantes.  Volverá a tocar la misma ilustración en Gal. 4:1-3 y luego en la alegoría de Agar, el monte de Sinaí y Sara y la Jerusalén de arriba  Gál 4: 21-30. La analogía es gráfica;  Antes que viniera la fe (Cristo, el Mesías), Pablo recordaba su propia posición: "Estábamos confinados bajo la ley, encerrados para que aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos  justificados por la fe" (3: 23, 24).  Pablo escoge bien la palabra «ayo» que fue un tutor o un esclavo de cierta categoría que tenía a su cargo la supervisón moral del heredero. Su papel fue diferente de un maestro o pedagogo; le tocaba a él el deber de imponer la disciplina de manera estricta.  Así la ley era inferior como el esclavo aun de cierto rango con el deber de limitar y poner restricciones a favor de criar cierta moral en el heredero menor. Fue una etapa temporaria esperando la libertad futura de llegar a ser el auténtico heredero.

Echada a un lado la ley, Cristo introduce un nuevo status, libertad y santidad   Gál. 3: 26-27

En este párrafo Pablo amplía la gloriosa libertad del creyente, libre de la ley pero unido a Cristo acabadas todas las distinciones de la ley. Lo que servía por un rato, ya no sirve más.  Con la llegada de la fe o Cristo, la simiente a quien le dio Dios la promesa por pura gracia, entramos de inmediato en el pleno disfrute de los hijos de Dios bajo la única condición del oír con fe (3: 2, 5)

Pablo ahora describe la herencia del creyente. Tal lleva la marca del hijo de Abraham por fe. La ley no aportó nada; sólo condenó al pecador y preparó al creyente para recibir por fe la promesa.  La primera característica es "porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos" (3: 27).  La primerita característica es una plena co-crucifixión o identificación con Cristo en muerte al pecado --lo negativo-- pero seguido inmediatamente por estar revestido de Cristo. Aquí se oye el eco de Rom. 6: 3: "Fuimos todos bautizados en su muerte." Col. 2: 12:"sepultados con él en el bautismo."  

Dios toma cartas desde el primer minuto de nuestra salvación uniéndonos a su Hijo en la Cruz.  Éste es el mensaje de la Cruz.  Sabemos que la referencia al «bautismo» se refiere a nuestra incorporación en el cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo, el verdadero bautismo en/con/por el Espíritu: "Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean eslavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu" (1 Cor.12: 13). Es seguido ese bautismo espiritual por la ordenanza que da testimonio público a tal verdad abrazada y comprendida ahora de todo corazón.

Pablo vuelve a puntualizar esa verdadera fundamental. No se puede entender la salvación por la gracia sin regresar incansablemente a ese punto de partida, nuestra identificación con Cristo en la Cruz. Como resultado de ese acto divino el creyente está revestido de Cristo (Gal. 3: 27). La justificación que nos dio cobertura bajo la justicia de Cristo viene siendo nuestra vestimenta espiritualNuestra posición en Cristo llega a ser nuestra nueva condición. Pablo en Efesios 4: 23, 24 nos reta de tal manera: "y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad."

Por la gracia, no por la ley el creyente ya es nueva criatura  Gálatas 3:28, 29

Ahora viene un versículo muy radical que puntualiza lo distintivo de ser hijo de Abraham con el oír por fe.  La ley nunca nos aportó nada; sólo preparó el camino por exponer y definir el pecado nuestro. Es la pura gracia de la promesa en una gloriosa transformación que rompió tajantemente todas las barreras que se pudieran imaginar. "Y no hay judío, ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa" (Gál. 3:28  29). El espectro o la gama del creyente nos deja pasmados.  Estos dos versos son la pierda de ángulo, la piedra de toque del creyente. De un solo golpe la Cruz derrumbe todo lo que nos separa y nos une  a todos en los lazos del Cucificado.

El concepto del judaizante era que la ley agregaba algo necesario al creyente en Cristo. Quería devolverlos a la servidumbre de la ley. Pablo lo veía con un ataque frontal en contra de  la absoluta suficiencia y superioridad de la gracia disponible del oír con fe.  Pero en Cristo, en cambio, no hay distinción alguna, ni de sexo, ni de nivel social, económico y religioso. Todos somos "herederos con Dios y co-herederos con Cristo" (Rom. 8:17).

Ya que somos herederos espirituales en plena posesión de Cristo, no hay por que buscar un don que nos magnifique, ni una experiencia que nos separe de los demás hermanos en Cristo. No hay búsqueda ni imán que nos prometa enriquecernos como en la Teología de la Prosperidad.  No hay poder sobre otros por el «dizque» obispo, apóstol o profeta que crea tanta carnalidad hoy día.  Todo esto la Cruz de Cristo la elimina y nos deja humildes y santos delante de Dios. Veamos la suficiencia de Cristo crucificado a quien Pablo predicaba. "Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado" (1 Cor. 2 :2).

Verdades poderosas por agarrar

  1. La promesa dada en gracia a Abraham y a nosotros por el oír con fe está en pie y vigente en la vida de todo creyente.
  2. La ley sirvió como «ayo» para llevarnos a Cristo. Ya no sirve porque en Cristo quedamos perdonados y aceptos como herederos con Dios y co-herederos con Cristo.
  3. La ley y el legalismo nos separan, pero unidos a Cristo no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer; "porque todos vosotros sois uno en Cristo" (3:28).
  4. La verdadera marca del creyente es que está bautizado en Cristo y revestido de Él (3: 27).
  5. La gracia que nos llega por el oír con fe es tan completa que buscamos nada menos que más de Cristo y Cristo crucificado.  Éste es el mensaje de la Cruz.

Tuyo en el Mensaje de la Cruz,

G. Ernesto Johnson

Rio Grande Bible Institute

Edinburg, TX 78539


[1] J.B. Lightfoot, Epístle to the Galatians, 7th ed., (London: Macmillan and Company), 1881, p.144.

[2]  Ibid, p.148.