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La Obra de gracia en la vida de los santos del Antiguo Testamento

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SAÚL, JONATÁN and David

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RETOS DESDE LA CRUZ

TRES MODELOS DEL LIDERZAGO (8)

Ernesto Johnson

David (3)

 Introducción

            Éste será el último estudio expositivo sobre David, "el varón conforme al corazón de Dios" (Hechos 13:22). Para llegar a ser tal varón, Dios lo puso a pruebas muy grandes, frente a Saúl y su perseguir a David para matarlo. En esto David salió aprobado a pesar de unos lapsos en ocasiones bajo extremosa presión. Una fue: la mentira echada a Ahimelec que les costó la vida a 85 sacerdotes (1 Sam.21:1: 22:18). Otra fue cuando fingió locura frente a Aquis de Gat para escaparse con la vida (1 Sam. 21:10-15).  Estas dos ocasiones siguieron una tras la otra.  David no salió avante.

            Pero aun estas derrotas fueron temporarias y David siguió adelante.  En cierto sentido podemos cobrar ánimo, aun en tales momentos cuando Dios en gracia nos perdona semejante lapso y nos levanta en gracia.  La vida de David nos enseña claramente que Dios no exige la perfección, sólo la honestidad y la buena voluntad de arrepentirnos y volver a depender en él.

            El triunfo de David en este tramo de su vida, la fuga de delante de Saúl, fue que no se vengó de la casa de Saúl de ninguna manera cuando lo pudiera haber hecho. Al contrario protegió al "ungido de Dios," esperando la hora cuando Dios le entregara el reino. Además mostró luego misericordia a la casa de Saúl en la vida del único sobreviviente, Mefi-boset (2 Sam. 9:1-13).

1.         El Ungido de Dios con ciertos defectos que le costaron muy caro  2 Samuel 11

            A.   Una característica sobresaliente de la Biblia es que Dios no esconde los pecados de sus héroes con "pies de barro" (Dan. 2:41,42), sean Abraham y sus mentiras en Egipto (Gen.12:10-20),  Noé en su borrachera (Gen.9: 18-27), David y su adulterio (2 Sam. 11), Pedro en su negación con juramentos (Mateo 26:69-75).  Pero en todos los casos se levantan  por el arrepentimiento y la gracia del perdón. Dios no confía en la carne ni debemos confiar nosotros mismos en ella (Jer.17:5; 7, 9).

B.   Vale la pena examinar ocasiones en la vida de David cuando no quedaron esas áreas de su vida entregadas en manos de Dios. Antes de considerar lo de David y Betsabé hay un verso muy significativo que pasa por historia, pero puede indicar un área de debilidad.  Al ser ungido rey sobre Judá en Hebrón dice: "David subió allá, y con él sus dos mujeres Ahinoam jezreelita y Abigail, la que fue mujer de Nabal el de Carmel" (2 Sam. 2:2).  La poligamia era la costumbre de las naciones y algo permitido por Dios pero no con el pleno permiso original de Dios (Mateo 19: 4,8).   Pero luego con el debilitación de la casa de Saúl más hijos fueron nacidos, en total seis de otras mujeres. Pero "y tomó David más concubinas y mujeres de Jerusalén después que vino de Hebrón y le nacieron más hijos e hijas" (2 Sam. 5:13-15) en total otro once.  Parece que al ser rey tomó esto como los demás reyes de las naciones como si fuese su derecho y en esta área de la vida iba para abajo.

C.   Ahora se presenta la tentación de Betsabé, ella sin culpa pero no David. Sin duda siendo rey con el acostumbrado manejo de poder sobre tantos, David debió haberse sentido invulnerable ante la tentación.  El gran éxito y los privilegios han hecho tropezar a muchos siervos de Dios.  Más peligroso es el momento de triunfo y el manejo de la autoridad que cualquier otro momento. La búsqueda del poder y el uso del mismo es la caída del siervo de Dios. Recientemente lo vi delante de mis ojos. Sólo la humildad y la Cruz nos protegen de esta trampa de la carne que se constituye precisamente el territorio del diablo mismo.

Así en un momento de relajación  y falta de disciplina, David no se guardó. "Aconteció al año siguiente, en el tiempo que salen los reyes a la guerra, que David envió a Joab, y con él a sus siervos y a todo Israel, y destruyeron a los amonitas, y sitiaron a Rabá; pero David se quedó en Jerusalén Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real, y vio desde el terrado a una mujer . . . . " (2 Sam. 11:12,)  No tiene que decirse más.  Le agarró la pasión muy ajena de la voluntad de Dios y "cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a la luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a la luz la muerte.  Amados hermanos míos, no erréis" (Sant.1:14-16).  Y ¡qué feo es el monstruo que resulta!

Se sabe la historia tan triste: la necesidad de echar mentira tras mentira, abusar de la confianza de uno de sus más fieles soldados (véase 2 Sam. 23:39), tentándole regresado del campo de batalla para ir a dormir con su esposa, pero este heteo, ni israelita más leal al arca en dicho momento que David, no lo hizo (2 Sam.11:6-11); luego para no ser negado David "convidó a comer y a beber con él, hasta embriagarlo.  Y él salió a la tarde a dormir en su cama con los siervos de su señor; no descendió a su casa" (12-13).  David por otra mala jugada planea su muerte por mandarlo matar en el frente de la batalla por mano de Joab que ahora pudo chantajear a David (14-25). Al oír la noticia de su muerte David dice callosamente: "Así dirás a Joab;  No tenga pesar por esto, porque la espada consume, ora a uno, ora a otros; refuerza tu ataque contra la ciudad, hasta que la rindas, y tu aliéntate" (25). ¡Qué descarado!

"Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 Cor. 10:12).  Por un minuto de placer o auto-engaño puede el siervo de Dios pierde todo su futuro ministerio.  Nunca jamás podrá volver a obrar con la misma confianza.  El herido puede curarse, pero queda siempre la cicatriz.  Además siguen las consecuencias que iban a perseguir a David hasta su vejez.  Las consideraremos después.

D.      Había otra área débil en la vida de David, sus relaciones con su familia. 

El  cronista narra la rebelión de Adonías quien quiso desplazar a su padre. "Entonces Adonías, hijo de Haguit se rebeló diciendo: Yo reinaré.  Y se hizo de carros de gente de a caballo, y de cincuenta hombre que corriesen delante de él.  Y su padre nunca le había entristecido en todos sus días con decirle: ¿Por qué haces así?  Además éste era de muy hermoso parecer; y había nacido después de Absalón" (1 Ryees 1:5,6).  Este comentario basta para explicar la serie de fracasos de su familia.  Claro que la raíz de las terribles consecuencias fue lo de la ley de lo que se siembra se segará (Gal. 6:7,8) y el resultado preciso de su pecado con Betasbé. Pero aun antes de eso, David había descuidado a sus deberes nupciales y ahora peor aun los de su familia.

            Sin entrar en más detalles viene la serie de consecuencias profetizadas por el profeta Natán: en su denuncia del pecado de David con Betsabé: Por lo cual ahora no se  apartará

jamás de tu casa la espada, por cuanto me menospreciaste, y tomaste la mujer de Urías heteo para que fuese tu mujer. Así ha dicho Jehová: He aquí yo haré levantar el mal sobre ti de tu misma casa, y tomaré tus mujeres delante de tus ojos, y las daré a tu prójimo, el cual yacerá con tus mujeres a la vida del sol. Porque ti lo hiciste en secreto, mas yo haré  esto delante de todo Israel y a pleno sol" (2 Sam. 12:10-12).

            De acuerdo con esa profecía hubo precisamente el doloroso cumplimiento. Hubo la violación de Tamar por Amnón (2 Sam.13); la venganza latente y luego patente de Absalón por su hermana (13:20-39); la sublevación de Absalón y la destronización de David y la triste huida y intriga que resultó con Ahitofel y Husai (15-17); el asesinato de Absalón por Joab y la triste y fea conducta de David frente a su hijo tan consentido y mimado (18:5. 33) y la sublevación de Seba (20). 

Para el colmo "volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel de Judá" (24; 1). "Pero Satanás se levantó contra Israel en incitó a David a que hiciese censo de Israel (1 Cron. 21:1). Es algo enigmático pero Dios tenía que tratar tanto con David como con su pueblo. Difícil es desenredar el plan de Dios en todo esto, pero en alguna manera David pecó al  final de su reino, motivado por el orgullo y la fama de su reinado. Hasta Joab, el general tosco, reprendió a David (2 Sam.:24:3).

11.        El Ungido de Dios se arrepiente y por gracia nos deja ejemplo del triunfo de la Cruz

         A.  A pesar de lo triste de los dos fracasos principales de David, el de Betsabé y el censo al final de su vida, podemos ver en David, "el varón conforme al corazón de Dios," una cualidad que Dios reconoce por encima de todo: un espíritu contrito y quebrantado. Dios a través de muchas pruebas había desarrollado en David profundas cualidades positivas: su búsqueda incesante de la presencia de Dios (Sal.27:4), un hambre de sed consumidora (Sal. 42 en las palabras de los hijos de Coré); una honda confianza en Dios mismo (Sal. 23, 56), una gratitud hacia Dios (Sal. 18, Sal. 103); un don de exhortación (Sal. 1); un profundo concepto de la santidad de Dios en los salmos imprecatorios (Sal. 58)  su perdón  a la casa de Saúl y su dedicación a construir una casa digna del Señor.  Tenía estas cualidades esterlinas.  Pudiéramos seguir ad infinitud en los salmos de David.

            B.  Pero ¡cómo respondió en las dos ocasiones cuando Dios lo convenció de su mal! Se humilló, se arrepintió, como muy pocos seres humanos se han arrepentido. En mi vida he visto poco arrepentimiento tal como el de David en Salmos 51 y luego la restauración y el gozo y perdón de Salmo 32.  Es tan fácil defender nuestro orgullo, "explicar" nuestro andar, justificar nuestra reacción echando la culpa al otro.  Pero David admitió su pecado. Cuando Natán el profeta le dijo: "Tú eres el hombre . . . entonces dijo David a Natán: Pequé contra Jehová. Y Natán le dijo: También Jehová ha remitido tu pecado; no morirás" (2 Sam.12:7,13). Aunque pidió que el bebé viviera, Dios dijo que no. "David se levantó de la tierra y se lavó, y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Dios y adoró." (12: 20).  Saúl había dicho lo mismo agarrado en su mal pero David lo dijo del corazón y es lo que Dios vio en David al ungirlo rey.

            En Salmo 51:4 David no esquiva su mal. Aunque había pecado gravemente contra Urías, Betsabé, la criatura, eso no era nada en comparación con el pecado contra Dios y sólo Dios. Sigue  un chorreo de peticiones desde el corazón quebrantado: "purifícame . . .  . lávame . . . Hazme . . .Esconde tu rostro . . .  borra  mis maldades . . . crea en mí, oh, Dios un corazón limpio . . . renueva un espíritu recto . . . no me eches delante de tu presencia . . .  . no me quites de mí tu Santo Espíritu, (es decir, perder como Saúl el derecho de regir, de ser el ungido de Dios) . . . vuélveme el gozo de tu salvación" (Sal. 51:7-12).

            "No quieres sacrifico, que yo lo daría; los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios" (51:16,17).

En todo esto David no tan sólo se arrepiente de lo que ha hecho sino lo que él mismo era.  Hay una gran diferencia entre las dos cosas.  Es fácil arrepentirse de lo que uno ha hecho, descubierto y agarrado sin salida en las consecuencias del mal. Pero sólo la cruz de Cristo nos hace capaz de estar arrepentido constantemente de lo que en Adán somos y tomar por fe lo que somos en Cristo crucificado, sepultado, resucitado y sentados en lugares celestiales (Rom. 6:2-6; Ef. 2:4-10)

Sólo a través del quebrantamiento del Espíritu Santo, ese fracaso, una iluminación del mal de nuestro orgullo y potencial para hacer las obras de la carne nos conduce a la Cruz para tomar de nuevo nuestra posición en Cristo, concedida por la gracia de Dios en la obra de la Cruz.           

      Luego en el último pecado de David al hacer el censo--parece que fue motivado por el orgullo --ante Dios se humilló. "Después que David hubo censado al pueblo, le pesó en su corazón; y dijo a Jehová: Yo he pecado gravemente por haber hecho esto; mas ahora, oh Jehová, te ruego que quites el pecado de su siervo, porque yo he hecho muy neciamente"(2 Sam. 24:10) . Ni profeta tuvo que decírselo.             

Dios no quitó las consecuencias del orgullo, pero le mandó edificar un altar en la era de Arauna, el jebuseo (24:18).  Cuando su súbdito lo quiso regalar todo a David, dijo en el espíritu de Calvario: "No, sino por precio te lo compraré; porque no ofrecerá a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. . . . Y edificó allí David, allí un altar a Jehová, y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz. Y Jehová oyó las súplicas de la tierra, y cesó la plaga en Israel. Para mí es muy interesante que David levantó el altar donde Salomón iba a construir el templo y precisamente el lugar donde Cristo sería crucificado. Según Romanos 6:2 allí tú y yo fuimos crucificados juntamente con Cristo.    

Termino estos ocho estudios más profundamente convencido de que Saúl representa el orgullo de la carne, Jonatán la lealtad y valentía del Espíritu y David un corazón  contrito y humillado, nuestra mayor protección contra los estragos de nuestra carne y orgullo.  El mensaje de la Cruz es nuestro remedio. ¡Dios nos libre! pero ya nos libró en la Cruz hace dos mil años  (Rom. 8:2); es cuestión de tomar de nuevo por fe esa posición nuestra y dejar que el Espíritu Santo siga haciendo su obra santificadora.

Dr. Ernesto Johnson

Seminario Bíblico Río Grande

Edinburg, TX 78539